“Oh Córdoba íbera, Córdoba fenicia, cartaginesa después y hasta romana. La que prefirió sobre todos sus títulos de su milenaria historia el de sultana.”
Intentar escribirle a Córdoba después de que artistas de la talla de Góngora lo hayan hecho es, cuanto menos, un desafio. Un desafio que una afronta con orgullo, pues cuando escribo sobre Córdoba me dejo el alma en cada tecla y en cada letra.
Para hablar de Córdoba no hay que ser cordobés, ni siquiera vivir aquí. Córdoba está en el corazón de todos aquellos que por ella han pasado. Todos se llevan un cachito de Seneca y una pizca de Maimonides.
Todo el que ha pasado por Córdoba se lleva la frescura de su río (“gran rey de Andalucía”) y la alegría de su gente. El que aquí ha estado, se vuelve con la sensación de seguir perdido por calles empedradas y por la hermosura de sus patios.
El Cristo de los Faroles deja sin aliento a todo el que lo mira (y al que le reza). La cuesta del Bailio asoma tímida por la calle Alfaros, si no te fijas no te daras ni cuenta de que está allí.
Hablar de su Mezquita, su Alcázar, su Puente y su Medina Azahara es común, pero son las pequeñas cosas de Córdoba las que la hacen una ciudad grande.
Que Séneca enseñara a Nerón en cordobés (porque Séneca hablaba andaluz) o que Averroes comentara las obras de Aristóteles mientras paseaba por las calles de Córdoba (también en andaluz), nos hace ver a los cordobeses el testigo que hemos de recoger para honrar a estos personajes ilustres que llevaron el nombre de esta ciudad a lo mas alto.
Perderse por las calles de la Mezquita, aparecer en la calle de la Feria y volverse a perder para encontrar la Plaza de la Corredera, es lo que todos los cordobeses hacemos cuando recorremos la Judería. Y es que no hay mejor forma de conocer Córdoba que perderse en ella.
Perderse para descubrir la calle del Pañuelo. O la calle de las Flores, en la que cuando llegas al final, y te giras, se ve el alminar de la mezquita presidiendo el cielo cordobés.
Porque hay que tener arte para llamar al cementerio “La Salud”, poner la sede de la ONCE en la plaza Vistaalegre y el centro de Alcohólicos Anónimos en la calle de Los olivos borrachos.
¿Qué gran hombre no se ha enamorado alguna vez de una cordobesa? “La mujer morena, la de los rojos claveles y las rejas florías. La reina de las mujeres” Así reza la copla de la mujer cordobesa pintada por Julio Romero de Torres.
Cordobeses dignos de admirar a los que no les salen las cuentas, como a Don Gonzalo apodado el Gran Capitán, pero aun así pelean para salir adelante.
Córdoba es la ciudad de los pueblos, de las religiones. En la que las batallas son de flores. Vestirme de cordobesa es lo que espero cada mayo en su Feria, engalanada con la portada más grande de Andalucía.
Ninguna ciudad se merece más que Córdoba ser Capital Cultural de Europa. Como decía Antonio Gala: “Europa tendría que haber obligado a Córdoba a ser capital cultural hace mucho tiempo”.













aaligeromarques escribió,
5 octubre 2010 @ 18:58
“Porque hay que tener arte para llamar al cementerio “La Salud”, poner la sede de la ONCE en la plaza Vistaalegre y el centro de Alcohólicos Anónimos en la calle de Los olivos borrachos.”
Lo que me he podido reir con ésto por dios! verdades como puños
Grande Córdoba y grande tú
Patricia Rivero escribió,
18 octubre 2010 @ 13:33
Tú si que eres grande guapisimo!
XiscoSL escribió,
3 junio 2011 @ 21:05
Hola paisana, tienes un bonito blog lleno de cultura, con una letra muy fluida que llega a todos los rincones. jaja escribes cosas muy graciosas, me alegro de haberme encontrado con tu escritura.